UNA TRAVESÍA HACIA EL NEVADO DEL TOLIMA

La mayoría de las personas desean en un punto de su vida realizar una pequeña aventura, algo fuera de los límites, cumpliendo con todas las expectativas de aquel viaje realizado, no obstante, este es el preámbulo de un viaje inesperado, con un dulce sentimiento de novatez en cada uno de los pasos recorridos.

En primer lugar, el aburrimiento desespera a cualquier persona (incluyéndome) y aunque estaba que gritaba a los cuatro vientos para realizar algo, por fin llegó el día para una inusual travesía… ir al Nevado del Tolima; claro está, esta era la primera vez que iba a ir, y aunque no tuviera idea de lo que encontraría dejé que todo fluyera.

Esta travesía se caracterizó por dos novatos yendo a la intemperie, preguntando siempre a los extraños por cosas que nos generaba duda, mientras ellos nos observaban con ojos de “pobres “idiotas”, y aunque sus miradas no disimulaban sus pensamientos, fueron muy amables de darnos pequeñas indicaciones de aquel anhelado lugar.

Este periplo  comenzó a las 7:00 de la mañana del primer sábado de agosto de este año, compramos “buenos” suministros para un limitado tiempo (un día o tal vez dos), el cual consistía de pan y algunas frutas, y siendo acompañadas con dos tarros de agua (para ser precisos); además, en mi caso tenía un saco de lana para “enfrentarme” a la nieve, mientras mi subconsciente me gritaba “voy a morir congelada”.

Lo bueno de no tener idea a donde se va, es la expectativa que se tiene en cada rincón de la mente, el de maravillarse de lo más mínimo que se puede experimentar, pensando que es lo mejor que puede sentir una persona cuando está muriendo en la monotonía.

Los minutos transcurrieron mientras terminábamos nuestras compras e íbamos directo al bus, el cual, nos llevaría (supuestamente) a nuestro destino. Sabía que teníamos que llegar a Juntas (el pueblo más cercano para comenzar todo), pero las indicaciones de mi compañero decían Villarestrepo, no me lo podía creer, pero quería saber qué pasaría si nos íbamos a bajar un pueblo antes del indicado.

Cuando por fin todo se puso en marcha y vimos más adelante el letrero de Villarestrepo, nos bajamos, yo quería ver la expresión de él cuando notara que estaba equivocado, en eso, me acerqué hacia un señor que se encontraba afuera de una tienda y le pregunté por algunas indicaciones para ir al nevado, pero lo único que dijo y lo que me esperaba era… ir a Juntas.

Al haber pronunciado eso aquel extraño, miré a mi amigo y esbocé una sonrisa de “se lo dije”, pero antes de seguir con esta excursión, presentía que el día iba a ser tedioso y que mi acompañante no se había levantado con muy buena suerte.

Yo estaba tranquila, debido a que él iba a pagar mi pasaje y al ver que no llegaba ningún bus decidimos caminar, y mientras que seguíamos en la carretera tratamos de buscar buenas personas que nos dieran un aventón, pero el único que se detuvo fue el busetero.

De nuevo estábamos en el juego, charlando animosamente, riéndonos por lo que nos acababa de pasar y hablando de lo que nos íbamos a encontrar más adelante. Cuando por fin llegamos, yo tenía un vago recuerdo del camino para llegar al mirador de Juntas, más nunca del Nevado, por lo cual, decidí preguntarle a una señora que se encontraba cerca de nosotros.

Al escuchar donde nos dirigíamos, ella nos miró extrañamente y comentó que debíamos estar preparados, pero al ver que no queríamos desistir de nuestra aventura comentó que un carro nos podía llevar al Rancho (cerca del Nevado), pero eso iba a costar 60 mil pesos… y sin dudarlo dos veces le dimos las gracias y seguimos con nuestra caminata.

Cuando llegamos a la verdadera vía, la señora se le olvidó decir un pequeño detalle sobre la división de la carretera, ya que en esa solo había dos letreros uno que decía Nevado del Tolima y el otro una “bienvenida”, las dudas surgieron y decidimos tomar el camino derecho, no el del mirador, sino el que comienza una gigantesca trocha.

Cada vez que subíamos el sudor era más visible, mi cara estaba roja, la falta de físico parecía una comedia para los expertos, el descansar se hacía cada vez más frecuente y a pesar de no tener el equipo adecuado, todo se esfumaba cuando contemplaba la maravilla de las montañas, pensando que valía la pena cada gota del esfuerzo que estábamos haciendo.

Las horas transcurrían y por fin nos encontramos a un par de jóvenes que bajaban, en eso me detuve con mi compañero y me les acerqué, preguntándoles “¿cuál es el punto más cercano?”, y nos respondieron, “la Finca de los Termales a tan solo 40 minutos” … no es por nada, pero esos 40 minutos se convirtieron en hora y unos cuantos minutos más.

Tras aquella conversación seguimos subiendo, estaba que no podía dar un paso más tras aquellas enormes rocas con fango, y reconocía que nos faltaba bastante para llegar a nuestra meta para congelarnos. Pero, eso no fue todo, ya que, cada vez que avanzábamos otras personas bajaban con buenos equipados y nosotros… bueno, nosotros teníamos tan solos dos mochilas con pan, fruta, agua, y un saco; mientras que ellos con carpas, miles de cobijas, buena comida, e incluso una buena rama;  en ese momento me acordé de uno de los refranes más conocidos de nuestro país “estábamos en el lugar equivocado”.

No es por nada, pero la tentación de risa dentro de mí se hacía cada vez más evidente, mi compañero me veía como si estuviera vesánica, y aunque no se lo dije… sí, estábamos locos de emprender esta clase de viaje, el cual, parecía como si hubiésemos salido de una versión barata de “sobreviví”. Y a pesar de todo, seguimos nuestra ruta, la vista se volvía mejor, el clima estaba muy agradable y el sonido de las cascadas era sorprendente (lástima que tomamos el camino que no llegaba a ese lugar.)

Tras haber transcurrido unas 3 horas subiendo la montaña, llenos de fatiga y en mi caso con un “minúsculo” color rojo en las mejillas, por fin encontramos el primer punto de nuestra travesía… La Finca de los Termales, aunque bueno, el letrero me pareció lo más irónico posible, porque no vi ni termales ni finca alguna, sino solo un campo abierto, con un fondo de árboles y un río que podía desprender cubos de hielo.

La confusión me fue evidente, pero más adelante despejé mis dudas, este lugar era lógicamente asombroso para acampar, estaba con miles de emociones y pensamientos, pero lo que me distrajo de todo eso, fue pasar aquel río para tomar unas fotos a un grandioso árbol que se encontraba casi suspendido en el afluente.

Al ver que mi amigo pasó las aguas como si nada, yo también quise, pero el miedo de caer se hizo evidente, no quería terminar empapada en medio de la nada, por lo cual, él me tranquilizó y me ayudo a cruzar mientras le pisaba un pie y me tomaba de las muñecas para que yo saltara.

En eso, tomé mi cámara me acerque a una enorme piedra y capturé unas grandiosas fotos, después, sacamos la comida, empezamos a recuperar nuestra energía mientras hablábamos y nos reíamos de lo que hasta ahora habíamos encontrado, pero, en eso mi compañero se quitó los zapatos y decidió adentrarse en el río, tratando de mirar si podía soportar aquello, pero por mucho duró el minuto con los pies en el agua y volvió a sentarse de una forma silenciosa, sin mostrar a “el hombre, macho de pecho peludo que podía ser”. La verdad, quería reírme de él, pero, decidí no hacerlo (y mejor escribirlo aquí). Tras ver su “hazaña” seguimos hablando, decidiendo a lo último el de quedarnos un día más para lograr ir al Nevado.

Ya los minutos se hacían cada vez más evidentes desde que empezamos a descansar, comiendo fruta decidiéndonos por fin partir y seguir por la trocha, sin embargo, volver a pasar el río fue un karma, claro para mi compañero, ya que, decidió volverse un puente y ayudarme a cruzar para que no me mojara, mientras que él… cumplió con su fin de mojarse en el río.

Aunque el reloj decía las 2 de la tarde, sabíamos que faltaba harto y sin perder más tiempo seguimos caminando. Ya el camino empezaba a mejorar, pasando solamente por barrizales e hilillos de agua, piedras pequeñas, viendo ganados y próximas fincas que nunca podríamos llegar a adentrarnos.

El optimismo siempre estuvo, no obstante, todo se fue al precipicio cuando nos encontramos a una chica descendiendo por la trocha, y me dio curiosidad de saber cuánto nos faltaba, por lo cual me acerqué a ella y le pregunté, sin embargo, la respuesta que nos dio no fue nada alentadora, ya que, para llegar al siguiente punto eran unas 5 horas a buen paso, pero, como íbamos se iba a convertir en 7 u 8 horas y eso que con buena suerte, llegando a pensar que una buena carpa no sería ningún problema para estar en la intemperie; y aunque ella no había terminado de darnos las noticias, nos siguió comentando que para llegar al nevado sería 3 días (claro está, a buen paso), y en nuestro caso la semana. Al despedirnos de aquella, nos miramos y dijimos al unísono “nos devolvemos”.

Comprendí que este era el preámbulo de algo más grande… cuando empezamos la siguiente etapa del pequeño paseo sí que fue algo peculiar, debido a que, cuando empezamos a descender mi compañero parecía  el “chico cabra” saltando piedra por piedra, yo veía que sus tobillos eran de goma, porque se torcían de un modo que yo quedaba anonadada, y como tenia curiosidad le preguntaba “¿no te duele los tobillos?” y él me respondía siempre un  “no”, yo no me lo podía creer, y aun así siguió bajando él a su propio ritmo, sin embargo, yo le gritaba “¡prefiero bajar despacio, pisando firme antes de rodar por todo este camino!”, y  a pesar de todo, debió escucharme cuando le aconsejé eso, ya que, después de unos buenos kilómetros de descenso, yo me encontraba calculando para saltar una enorme piedra, cuando en eso me dio la curiosidad por mirar a mi compañero, llevándome la sorpresa de que él se hallaba tendido en el piso, parecía una plasta y cuando se dio cuenta que lo estaba mirando se paró enseguida y siguió su rumbo sin mirar atrás mientras yo soltaba estruendosas carcajadas.

El trayecto si es que estaba largo, me dio más fuerte bajar que subir, me dolía increíblemente mis pies, estaba que no podía dar un paso más en esas gigantes piedras con barrizal rodeado de enormes bostas de caballos y burros que habían pasado horas antes.

En eso visualicé uno de los modestos lugares para descansar, en el que se encontraba un arroyuelo, sabía que nos faltaba poco para llegar, y en eso, ahí se encontraba mi compañero, esperándome, pero al saber que tenía que descansar, le dije que paráramos, aceptando él mientras se sentaba al frente mío y sacaba de su bolso una manzana mordiéndola mientras que yo me quitaba los tennis mojados y mis medias para que se escurrieran un poco, y cuando mis ojos se posaron en los de él y recordar su pequeño accidente, lo único que pude hacer fue reírme hasta no poder más.

A lo último mis ojos brotaban lágrimas de la risa, mi estómago me dolía, mientras él me miraba seriamente, la verdad me valió un comino lo que pensara de mí. A pesar de que no vi como se había caído, tan solo el hecho de haberlo contemplado acostado en un montón de pequeñas piedras y pararse como si nada, haciéndose el “macho que era” las carcajadas aumentaban con todo lo que había pasado en el día.

Cuando traté de tranquilizarme, él solo me dijo “¿terminaste?” y yo solo pude responder un “si”; en eso, me volví a poner mis zapatos, me puse de pie y empecé a seguir la bajada, desde aquel incidente, mis carcajadas se transformaron en silencio, mientras le gritaba “solo fue una caída, no fue para tanto, agradezca que no cayó en el fango” tratando de contener otro litro de risas.

Solo nos faltaba 15 minutos para llegar a nuestro punto de inicio, todo se había calmado, en especial mi jocosidad, y cuando por fin habíamos salido de la trocha, seguimos caminando un poco más cuando encontramos una casa que  decía “jugos naturales”, por lo cual, nos lo tomamos con cierto agrado.

Eran las 5:30 de la tarde y estábamos cansados, enlodados, mojados, con hambre, sueño y esperando la buseta, a los pocos minutos llegó y nos subimos, en eso volvimos a hablar como si nada hubiese ocurrido mientras llegábamos a nuestro destino.

Puede que no hayamos llegado al nevado a causa de nuestra inexperiencia, nos quedamos con las ganas de haber completado el periplo, fuimos la burla para los excursionistas; sin embargo, no cambiaría para nada aquel momento de risas, bromas, nerviosismo, tranquilidad y mucho más.

Sin título

ANTE