LOS EMBERAS ATERRIZAN EN IBAGUÉ

Son las 11 de la mañana, el calor es cada vez más fuerte; tras los edificios el sol se hace más intenso y en la calle de cemento de la carretera de la tercera del centro de la capital Tolimense, la también conocida como la “calle bonita”, se encuentra sentada Remelina Jumí a quien llamé así para proteger su identidad; una mujer indígena perteneciente a la comunidad Embera del Chocó, desplazados de sus territorios y acomodados en varias ciudades del país.

Parada en la esquina de la Cra. 3 con calle 14 vi como Remelina estaba junto a sus dos pequeños nietos, practicando la mendacidad, uno de los menores duerme en sus piernas, mientras el más grande de aproximadamente 7 años de edad quien no sabe leer ni escribir debido a que jamás ha pisado una escuela… según ella él “hace bien su labor”: pegar stickers por escasas monedas, mientras anda descalzo con una camiseta que le queda pequeña y pantalones de color gris, reflejando en su mirada una inmaculada tristeza.

Remelina, de rasgos físicos fuertemente marcados por la pobreza y el trabajo del campo, luce maquillaje en sus ojos, mejillas y un tosco color rojo en sus labios, un collar de mil colores, bastante grueso. Su falda luce un poco desgastada pero combina muy bien con su blusa…En eso, vi como un niño grande bostezaba, me imaginé que ya su estomago necesitaba  algo de alimento, el cual, me acerqué a una panadería, compré algunos panes y unos jugos, me senté al lado de ella, quise romper el hielo con un amable saludo; sin embargo, ella me dirigió una mirada de desconfianza y parecía algo tímida, pero sin poder hacer más me correspondió el saludo, pronunciando un español cortado, lo que ha podido aprender en estos años… años de sufrimiento y dolor, donde ha tenido que dejar a un lado su lengua materna que se llama Embera.

Lo que buscaba con esta mujer indígena era que sintiera por un momento un poco de respeto y admiración por lo que son y además el poder conocer como era un día de su vida en Ibagué.

Entre lo poco que pude entender de Remelina, es que lo más importante es conseguir dinero, para poder pagar la habitación donde viven, ubicada cerca a la terminal de transporte, la cual, tiene un costo de $6.000 pesos por día, pero para medio comer, ella afirma que tiene que hacerse un mínimo de $10.000 pesos diarios.

Con una mirada desconsoladora expresó: “hay días en los que solo recojo $5.000 pesos, mi marido trabaja recogiendo leña por Villa Restrepo para vender y lograr ayudar un poco para el diario.” Las mañanas de esta familia o cambia en nada, la rutina es el mismo monótono ejercicio; “madrugo todo los días para bañarme, arreglar a los niños y si hay algo para el desayuno lo preparo, y si no entonces hay que salir así a pedir y esperar lo que se puede conseguir para todo el día… las horas pasan, y la mayoría de las veces no podemos desayunar” – agacha su mirada con cierta melancolía  pensando dos veces lo que desea decir y sin tapujo alguno continua. ” Muchas personas nos miran feo, otras colaboran pero no es mucho lo que se recoge, después de un largo día donde un almuerzo nos tiene que alcanzar para los tres, regresamos a la pieza donde dormimos los cuatro en el piso, no tenemos camas, por mucho un par de cobijas; allí junto a nosotros viven otras tres familias  en la misma situación”, en ese momento nuestra conversación se interrumpió porque el niño de cuatro años se despertó, muy contento miró los panes y sin dudarlo los tomó y se los empezó a comer.

Tenía una pregunta que necesitaba hacerla, “¿ Hay alguien que les paga por pedir dinero?” En ese momento se quedó callada y su respiración comenzó a ser cada vez más fuerte, el cual respondió: “No, nadie, nosotros trabajamos para comer y pagar la pieza”; “¿Tiene hijos?” Con lagrimas en los ojos dijo: “Tengo dos hijas, una de ellas murió y desde ese entonces me he hecho cargo de mis nietos, ha sido muy difícil sacarlos adelante, la situación de las comunidades indígenas allá es muy dura y más cuando un grupo de hombres vestidos de verde nos amenazaron y nos quitaron las tierras”.

Muchas fueron mis dudas en ese instante, pensé ¿qué hace el gobierno nacional, la alcaldía, la gobernación y el bienestar familiar por estas personas, por estos niños que están prácticamente en la calle?… En eso me levanté del corredor donde estábamos dialogando, me despedí de Remelina, los niños me abrazaron como muestra de agradecimiento, esto lo pude notar en sus rostros. Ahora solo resta esperar a que los entes gubernamentales encargados de brindarles condiciones de una vida digna lejos de lugares vulnerables que afectan los derechos fundamentales de estas personas.

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