LA SELVA DE CEMENTO

Me detuve un momento a ver lo que pasaba a mi alrededor, todo el mundo corría, gritaban y lloraban, pidiendo que no los despojaran de sus pertenencias en medio de los edificios, almacenes y centros comerciales del centro, todo parecía una selva en donde los animales peleaban unos contra otros mientras los más indefensos buscaban refugios; muchas personas que transitaban por el sector se volvieron amigos de lo ajeno, hasta el punto que todo el comercio cerró las puertas de sus locales; algunos compañeros buscaron llantas para quemarlas y no dejaron pasar el escuadrón móvil de la policía, quienes armados con proyectiles de gases lacrimógenos nos disparaban sin piedad, armando un caos y dejándonos sin nuestro sustento diario.

Cuando miré hacia mi izquierda pude ver como una señora desesperada envuelta en ese gas tóxico se aplicaba leche en los ojos para que el efecto del gas no se los irritara, mientras ella con sus dos hijos uno de 14 y el otro de 17 años tiraban piedras para defenderse.

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Muy cerca de ellos había una joven embarazada que por el tamaño de su vientre puedo asegurar que le faltaban muy pocas semanas para dar a luz, me preocupé, y mucho, pero estaba estupefacto por la guerra que nunca había presenciado y quedé paralizado, no me pude mover para ayudarla, estaba muy atemorizado, lo confieso, sentí nervios y desesperación.

Pero de un momento a otro reaccioné y procedí a recoger mi local de zapatillas, (un local un poco improvisado que construyo todos los días en las mañanas con cajas de cartón que encuentro en las calles, en donde exhibo mi mercancía de zapatos, una vez colocado mi negocio me siento paciente a vender con la espera del arribo de algún cliente, pueden llegar a pasar varias horas y ningún comprador parece estar interesado en adquirir zapatos o tennis; cada par de zapatos me sale en promedio por un costo de $10.000 y este los vendo entre $15.000 y $20.000, en muchos casos no alcanzo a sacarle los $5.000 a un par de zapatos debido a que como buenos colombianos siempre me piden descuento a todo sin importarles si me quedan ganancias.

En temporadas de bajo comercio los ingresos son muy mínimos, en un día me llego a vender solo dos pares de tennis, lo que sería una ganancia de $10.000, esta suma tiene que alcanzar para cubrir los gastos diarios de alimentación, transportes y arriendo; además, cubrir los gastos que implica mi familia. Sin embargo, durante no más de tres años este negocio me ha servido para sobrevivir aferrándome a la esperanza de algún día poder tener mi propio almacén, esperanza que nos destruyen mientras derriban nuestros negocios y nos prohíben trabajar en este lugar que para ellos es invasión al espacio público y para nosotros nuestro lugar de trabajo.)

Mientras guardaba en un bolso toda mí mercancía, observé con impotencia lo que sucedía, así que me armé de valor y pensé en mi pequeño de dos años y en mi esposa que me espera en casa con mi otro hijo que está por nacer, para poder comprar lo de la cena y los alimentos para el día siguiente, así que decidí unirme junto a mis compañeros, o como nos llaman trabajadores informales o como somos más conocidos vendedores ambulantes, esa batalla campal que para mí parecía el fin del mundo, se extendió por toda la calle 14 entre carreras Primera y Tercera, para luego tomarse la calle 15.IMAGEN-13032682-2

Miré hacia el piso y en medio de la gente que corría en esta selva de cemento encontré una piedra de esas de las que por el agité de la situación estaban escasas, con ella me sentí armado y con poder, y se la arrojé con todas las ganas de mi desesperación a uno de esos policías, el cual, respondió sin piedad con su arma agrediéndome hasta que me reventó la cara de los duros golpes que me propinó.

Entonces todo parecía terminar para mí, de pronto en medio de la multitud Peter como solíamos decirle arriesgó su propia integridad para salvar la mía. Sentí como sus manos arrastraban mi cuerpo y como su voz en medio de los estruendos y los gritos desgarradores me indicaba que todo saldría bien.

Estando ya a salvo y con la certeza de haber perdido en mis luchas más que mercancía, entendí que esta maravillosa ciudad tiene tras sus encantos cicatrices que muchos quieren ocultar con el maquillaje de la indiferencia o peor aún, con la mano firme de la violencia.

Indiferencia que se suma al anonimato en el que permanecemos los vendedores ambulantes del centro de Ibagué y el cuál parece no acabar un anonimato frente a los grandes monopolios y supermercados del sector y al parecer el anonimato en los lectores de esta crónica.

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